Partido Comunista Internacional


Tesis sobre la cuestión china

(Il Programma Comunista, nros. 23/1964 - 2/1965)



 1    Naturaleza y perspectivas de las revoluciones de Oriente
 2    La democracia y el proletariado: la cuestión nacional
 3    De la Revolución rusa a la Comuna de Cantón: revancha del menchevismo
 4    “Socialismo cmpesino” y democracia “de nuevo tipo”
 5    El impotente reformismo pequeño-burgués
 6    Antagonismos del Oriente burgués




Después de 1960, año en el que los 81 partidos autodenominados comunistas (incluido el de Mao) manifestaron su unanimidad sobre el programa del oportunismo jruschovista, se produjo una división de facto entre Pekín y Moscú. Como aparece en varios textos analizados por nosotros, China presenta su propia variante nacional del estalinismo: pero, a diferencia de otros “socialismos nacionales” de calco árabe, cubano o yugoslavo, el “socialismo chino” pretende ajustar cuentas con la Rusia burguesa, para mantenerse como defensor del marxismo y para reconstruir las filas del proletariado mundial bajo su propia égida. Es esta afirmación, más que los inevitables antagonismos entre el Estado ruso y el Estado chino, la que exige nuestra respuesta: porque ni la práctica social ni la ideología política oficial de los dirigentes de Pekín están orientadas al triunfo del programa comunista.


1. Naturaleza y perspectivas de las revoluciones de Oriente

1) En China, como en otros países atrasados de África y Asia, las dos guerras mundiales llevaron hasta el punto de ruptura las contradicciones entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las antiguas relaciones de producción heredadas del régimen patriarcal. Durante un largo período, se sucedieron insurrecciones nacionales y revueltas agrarias, confirmando las predicciones formuladas por el marxismo desde principios del siglo XX. Así, a pesar de las repetidas derrotas del proletariado en las metrópolis europeas, la explosión de movimientos nacionales en Oriente dio testimonio de la fuerza revolucionaria de los antagonismos acumulados por el sistema capitalista.

Pero, como lo demuestra hoy [1964, ndr] el creciente retraso de los países atrasados con respecto al desarrollo económico de sus antiguas metrópolis, estas contradicciones no podían resolverse dentro de un marco nacional y en la forma de un “progreso burgués”: son producto del capitalismo mundial, de su desarrollo desigual, de la acumulación de toda la riqueza en un puñado de Estados super-industrializados. Es precisamente en estos términos que la Internacional Comunista, desde su Manifiesto al proletariado de todo el mundo, del 6 de marzo de 1919, planteó la “cuestión colonial”: «La última guerra, que fue también una guerra contra las colonias, fue al mismo tiempo una guerra con ayuda de las colonias (...) El programa de Wilson “libertad de los mares”, “Sociedad de Naciones”, “internacionalización de las colonias”, no apunta a nada más, en la interpretación más favorable, que cambiar la etiqueta de la esclavitud colonial. La liberación de las colonias sólo es posible al mismo tiempo que la liberación de la clase obrera en las metrópolis». Esta última fue derrotada y luego esclavizada por la ideología burguesa y pacifista; pero, contra todos los profetas de la “paz social” y de la “coexistencia pacífica”, debe sacar de las revoluciones de Oriente esta lección y esta certeza: la violencia es siempre la única partera de la historia.

2) Cualquiera que haya sido la opresión del imperialismo extranjero en China, la naturaleza de los antagonismos económicos y sociales que desató allí no podía por sí sola hacer de su revolución una revolución “anti-capitalista”. El marxismo siempre ha denunciado esta ilusión del “socialismo” pequeño-burgués, que también fue la de los populistas rusos y que hoy es explotada por el “extremismo” de Mao. Lenin dijo de los populistas rusos: “Les gusta recitar frases ‘socialistas’, pero ningún obrero consciente puede ser engañado en cuanto al significado de esas frases. En realidad, ningún “derecho a la tierra”, ninguna “distribución igualitaria de la tierra”, ninguna “socialización” contiene una gota de socialismo. Esto debe ser comprendido por todos aquellos que saben que la producción de mercancías, el dominio del mercado, del dinero y del capital no se rompen, sino que, por el contrario, se desarrollan más ampliamente por la abolición de la propiedad privada y por una nueva distribución de la tierra, «aunque fuera la más «justa»» («los partidos políticos en Rusia», 1912).

La liberación del campesino de las limitaciones de la economía natural, el desarrollo de una industria “moderna”, la utilización de los recursos de fuerza de trabajo y capital proporcionados por una agricultura “moderna”, la creación de un mercado nacional y, para coronar todo esto, la exaltación de la “unidad nacional”, de una “cultura nacional” y de todos los atributos “modernos” del poder estatal, nunca han sido ni pueden ser otra cosa que el programa de la acumulación de capital.

3) Sin embargo, lejos de limitarse, en un movimiento revolucionario burgués, a la reivindicación formal del Estado nacional y de la democracia política, el marxismo determina del modo más riguroso el papel de las clases sociales en toda revolución. La aparición de un proletariado industrial en China, como en la Rusia zarista o en Europa en 1848, significó para los comunistas la necesidad de una organización de clase que explotara la crisis del régimen pre-burgués para sus propios fines políticos. Tal es la línea del Manifiesto del Partido Comunista (1848) y de la Revolución de Octubre, una línea que Marx definió con el nombre de “revolución permanente”.

En el Segundo Congreso de la Internacional Comunista (1920), Roy subrayó la importancia de esta perspectiva de lucha independiente y continua para el proletariado de los países coloniales: «La dominación extranjera obstaculiza constantemente el libre desarrollo de la vida social; por lo tanto, el primer paso de la revolución [en las colonias] debe ser el derrocamiento de esta dominación. Apoyar la lucha por el derrocamiento de la dominación extranjera no significa suscribir las aspiraciones nacionales de la burguesía indígena, sino abrir el camino al proletariado de las colonias hacia su liberación (...) En su primera etapa, la revolución en las colonias no será una revolución comunista, pero si una vanguardia comunista toma la delantera desde el principio, las masas revolucionarias se pondrán en el camino correcto y alcanzarán la meta final a través de una conquista gradual de experiencias revolucionarias» (“Tesis integradoras sobre la revolución comunista”). “Cuestión nacional y colonial”, 28 de julio de 1920).

Al encerrar al proletariado chino, desde el comienzo mismo de la revolución, en el “bloque de las cuatro clases” – la fórmula política de la actual “democracia popular”-, el partido de Mao marcó la ruptura de todo el atrasado Oriente con la táctica gloriosamente ilustrada por el Bolchevismo ruso.

4) Desde el punto de vista de una victoria definitiva del comunismo, el carácter “permanente” del proceso revolucionario, que debía entregar el poder al proletariado de los países atrasados, tenía sentido sólo si la revolución proletaria lograba extenderse a las metrópolis del capital. Rusia, decía Marx en el segundo prefacio a la edición rusa del “Manifiesto del Partido Comunista”, podrá evitar la dolorosa fase de la acumulación capitalista sólo «si la revolución rusa se convierte en la señal para una revolución proletaria en Occidente, de modo que dos revoluciones se complementen entre sí». La Internacional de Lenin no sólo adoptó esta perspectiva para la Rusia soviética, sino que la extendió a toda Asia. Como recordaban las “Tesis del Congreso de los Pueblos de Oriente”, celebrado en Bakú en 1920, «sólo el triunfo completo de la revolución social y el establecimiento de una economía comunista mundial pueden liberar a los campesinos del Oriente de la ruina, de la miseria y de la explotación. Por eso no tienen otro camino para emanciparse que aliarse con los obreros revolucionarios de Occidente, con sus repúblicas soviéticas, y al mismo tiempo luchar contra los capitalistas extranjeros y sus propios déspotas (los terratenientes y la burguesía) hasta la victoria completa sobre la burguesía mundial y el establecimiento definitivo del régimen comunista».

Es bien sabido cómo el estalinismo derribó esta tesis, haciendo de los éxitos económicos o diplomáticos de Rusia el criterio universal del progreso del comunismo. Pekín está yendo hasta el final por el camino de la negación: en lugar de indicar la victoria del proletariado occidental como la única perspectiva para la emancipación social de Oriente, hace depender la causa del proletariado internacional del resultado de los movimientos nacionales burgueses en África y Asia.

5) Frente a la teoría estalinista de la “construcción del socialismo en la URSS”, y las extensiones tácticas que la Internacional degenerada le dio en China, Trotsky tuvo el mérito histórico de defender la visión integral del proceso revolucionario desatado por la Primera Guerra Mundial y la Revolución de Octubre. Así, en sus Tesis sobre la revolución permanente de 1929, declaró: «La revolución socialista no puede realizarse dentro de límites nacionales. Una de las causas esenciales de la crisis de la sociedad burguesa deriva del hecho de que las fuerzas productivas creadas por ella tienden a desbordar el marco del Estado nacional. De ahí las guerras imperialistas por un lado y la utopía de los Estados Unidos de Europa por otro. La revolución socialista comienza en el nivel nacional, se desarrolla en el ámbito internacional y se completa en el ámbito mundial».

La teoría de la revolución permanente se aplica, pues, a todo Estado aislado de dictadura proletaria, tanto si sus estructuras económicas están maduras para ciertas transformaciones socialistas como si todavía están muy atrasadas: la Rusia estalinista no podía reivindicar el privilegio nacional de “construir el socialismo” dentro de sus fronteras, más de lo que pudo hacer la Alemania de Hitler. Pero, por otra parte, insistió Trotsky, «el esquema de desarrollo de la revolución mundial elimina la cuestión de los países “maduros” o “no maduros” para el socialismo, según la clasificación rígida y pedante que hace el actual programa [1929] que la Internacional Comunista ha establecido. En la medida en que el capitalismo ha creado el mercado mundial, la división mundial del trabajo y las fuerzas productivas mundiales, ha preparado toda la economía mundial para la reconstrucción socialista».


2. Democracia y proletariado: la cuestión nacional

6) Al instaurar la dictadura del proletariado en un país pequeño-burgués que no conocía ni el régimen parlamentario ni el capitalismo desarrollado, los bolcheviques rusos dieron una refutación mortal al reformismo de la Segunda Internacional, que hacía de la democracia y de sus “progresos” una condición absoluta del “paso” al socialismo. Medio siglo después, no nos conformamos con ver las reformas constitucionales y los métodos democráticos como el camino principal hacia el socialismo; el propio socialismo es definido por los renegados en términos burgueses de “democracia popular” o “Estado de todo el pueblo”. Los que destruyeron la Internacional de Lenin ahora sólo tienen una consigna y una confesión: independencia de los distintos partidos “comunistas”, no intervención en los asuntos internos de los partidos “nacionales”.

Para explicar el fracaso de la Segunda Internacional, el Manifiesto de 1919 declaraba: «en aquel período [entre los siglos XIX y XX] el centro de gravedad del movimiento obrero descansaba enteramente en el terreno nacional, en el marco de los Estados nacionales, sobre la base de la industria nacional, en el ámbito del parlamentarismo nacional». Negamos que tal final fuera inevitable para la Tercera Internacional. El capitalismo mundial y las guerras imperialistas habían desplazado precisamente este “centro de gravedad” a la arena internacional, no sólo para los países capitalistas avanzados, sino también para los países oprimidos donde la cuestión nacional y colonial se planteaba en toda su amplitud.

7) La “cuestión nacional” sólo puede plantearse como cuestión específica del movimiento proletario en la fase revolucionaria del capitalismo, cuando la burguesía lanza un asalto al poder para completar su obra de transformación económica y social. Sin embargo, en una fase del capitalismo ya maduro, todo “programa nacional” de un partido obrero que reivindique el perfeccionamiento del sistema representativo del Estado burgués o de su base económica constituye un programa de colaboración de clases y de “defensa de la patria”. Precisamente por esta razón el marxismo siempre ha delimitado estrictamente por áreas geográficas, estas dos fases sucesivas del capitalismo. «En la Europa occidental continental, la época de las revoluciones democrático-burguesas abarca un período de tiempo bastante preciso, que va aproximadamente de 1789 a 1871 – afirmó Lenin – Es la época de los levantamientos nacionales y de la creación de los Estados nacionales. Al final de este período, Europa occidental se había transformado en un sistema de Estados burgueses, de Estados nacionales generalmente homogéneos. Buscar el derecho a la autodeterminación en los programas de los socialistas de Europa occidental hoy en día es no conocer el ABC del marxismo». Y otra vez: «En Europa oriental y en Asia, la era de las revoluciones democrático-burguesas comenzó sólo en 1905. Las revoluciones en Rusia, en Persia, en Turquía, en China, las guerras en los Balcanes, esta es la cadena de acontecimientos mundiales de nuestra época en nuestro Oriente» (“Sobre el derecho de autodeterminación de las naciones”, 1914).

Hoy, esta fase ha concluido igualmente para toda el área afroasiática: en todas partes, al final de la Segunda Guerra Mundial, se han establecido Estados nacionales más o menos “independientes”, más o menos “populares”, que promueven de manera más o menos “radical” la acumulación de capital. Sólo por esta razón, el “extremismo” chino ya no puede presentarse como la teoría de un movimiento nacional revolucionario, sino como una ideología oficial de un Estado burgués establecido, como un programa de colaboración de clases, con todo lo que ello conlleva en términos de frases «socialistas».

8) Ni siquiera en la fase de las revoluciones democrático-burguesas pueden los comunistas erigir la “cuestión nacional” en un fetiche, colocando su solución por encima de los intereses de clase y de su propia lucha. El proletariado revolucionario no debe olvidar que su tarea histórica es destruir el Estado burgués y las relaciones capitalistas de producción para establecer una sociedad en la que desaparezcan las clases y con ellas las diferencias entre los Estados y las propias naciones.

En su desarrollo, el capitalismo rompe las fronteras nacionales, que son superadas por sus mercancías y sus ejércitos: destructor de las relaciones de propiedad, destroza las entidades nacionales e impone sus formas de dominación mundial tanto a los países más avanzados como a los pueblos oprimidos. Por tanto, los comunistas no pueden esperar que el capital cree una “sociedad de naciones” armoniosa en la que las relaciones entre los Estados se regulen de acuerdo con el “derecho de las naciones”.

En cambio, se les permitió esperar que el derrocamiento del capitalismo mundial evitara al Oriente la fase de la acumulación capitalista y de la constitución en Estados nacionales burgueses. «No sabemos – volvió a decir Lenin – si Asia será capaz de formar un sistema de Estados nacionales independientes, siguiendo el modelo de Europa, antes de la bancarrota del capitalismo. Pero una cosa es indiscutible: al despertar a Asia, el capitalismo ha suscitado también allí levantamientos nacionales; que éstos tienden a constituir Estados nacionales; que estos Estados garanticen al capitalismo las mejores condiciones para su desarrollo».

9) La Tercera Internacional había esbozado las diversas posibilidades para el desarrollo de la revolución mundial:
     – victoria simultánea del proletariado en Occidente y en Oriente;
     – la victoria del proletariado en las metrópolis y la independencia de las colonias bajo el gobierno de la burguesía nacional;
     – victoria del proletariado en las colonias y retraso de la revolución comunista en Europa.

Pero no consideraba la victoria de un bloque de clases como una perspectiva revolucionaria duradera, a la que el proletariado de los países atrasados pudiera vincular su destino. En todo caso, las Tesis del Segundo Congreso de la Internacional Comunista, que Roy había dedicado particularmente a China y a la India, insistían en la necesidad de que el proletariado se separara de la burguesía “nacional”: «Existen [en los países oprimidos] dos movimientos que cada día son más divergentes. El primero es el movimiento nacionalista democrático-burgués, cuyo programa es la independencia política en el marco del orden burgués; el segundo es el de los campesinos y obreros pobres y atrasados que luchan por su liberación de todo tipo de explotación. El primer movimiento intenta, a menudo con éxito, controlar al segundo; pero la Internacional Comunista debe luchar contra ese control y promover el desarrollo de la conciencia de clase entre las masas obreras de las colonias» (“Tesis suplementarias sobre la cuestión nacional y colonial”, 1920).

10) La historia del movimiento obrero en China y la tradición política del Partido Comunista Chino son la negación de esta exigencia de la Internacional. Al unirse al Kuomintang, desde 1924 el joven Partido Comunista Chino había dado su apoyo a los “tres principios del pueblo”, la versión asiática de las fórmulas de Lincoln (“un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”) y de la revolución burguesa francesa (“libertad, igualdad, fraternidad”). Como demostró Trotsky, la fusión del PCCh y el Partido Nacionalista no tenía nada que ver con la táctica de alianzas temporales que Marx consideraba aceptable en una revolución democrática burguesa y que los bolcheviques habían utilizado en Rusia. Se trató de una adhesión de principios, renovada por Mao Tse-tung en cada “etapa” de la Revolución china, incluso después de la derrota y eliminación del Kuomintang: «Nuestro punto de vista coincide perfectamente con las tesis revolucionarias del Dr. Sun Yat-sen (...) en China todos los comunistas y simpatizantes del comunismo deben luchar por los objetivos de la fase actual; Deben luchar contra la opresión extranjera y romper el yugo feudal, deben liberar a nuestro pueblo del trágico destino de un país colonial, semicolonial y semifeudal, y construir una China de nueva democrática bajo la dirección del proletariado, que se proponga, como tarea principal, la liberación de los campesinos, es decir, una China de los Tres Principios populares revolucionario del Dr. Sun Yat-sen, una China independiente, libre, democrática, unificada, rica y poderosa. Esto es precisamente lo que hacemos» (Mao Tse-tung, “Sobre el gobierno de coalición”, 1945).


3. De la Revolución rusa a la Comuna de Cantón: la revancha del menchevismo

11) Fue en el análisis de los acontecimientos de 1905 que el bolchevismo encontró la confirmación de su táctica y se separó definitivamente de la corriente menchevique. En Rusia, señaló Lenin, «la revolución burguesa es imposible como revolución de la burguesía». Por tanto, el proletariado no puede esperar a que la burguesía haya completado su obra política (el derrocamiento del zarismo) o su obra social (la abolición de la propiedad feudal) para entrar en la lucha. Tomar la dirección del movimiento social sin confinarlo en las formas jurídicas burguesas (la Asamblea Constituyente), tal era el sentido de las consignas: “¡Dictadura democrática de los obreros y de los campesinos!” y “¡Todo el poder a los Soviets!”. El resultado de esta táctica no fue el establecimiento de una democracia burguesa, sino la dictadura abierta del proletariado.

Combatiendo la teoría de las “etapas” de la revolución burguesa (que Stalin ya apoyaba), Lenin recordó en marzo de 1917 el contenido de las divergencias entre bolcheviques y mencheviques: «Nuestra revolución es burguesa, por eso los obreros deben apoyar a la burguesía – dicen los políticos incapaces del campo de los liquidadores. Nuestra revolución es burguesa – decimos los marxistas – por eso los obreros deben abrir los ojos al pueblo ante las mentiras de los políticos burgueses, enseñarle a no creer en frases bonitas, a tener fe sólo en su propia fuerza, en su propia organización, en su propia unidad, en su propio armamento» (Antes de las “Cartas desde lejos”, 1917).

12) El estalinismo se esforzó en negar la aplicación de los principios y las enseñanzas de la Revolución de Octubre a los países coloniales y para ello apoyó una interpretación típicamente menchevique, según la cual el yugo imperialista hacía a la burguesía “nacional” de los países atrasados, más revolucionaria. que la burguesía antifeudal rusa. A esta teoría de Bujarin (entonces, en 1927, alineado con Stalin), Trotsky respondió: «Una política que ignorara la poderosa presión que ejerce el imperialismo sobre la vida interna de China sería radicalmente falsa. Pero no menos falsa sería una política que partiera de una idea abstracta de la opresión nacional, sin conocer su refracción en las clases (...) El imperialismo es una fuerza de importancia primaria en China. La fuente de esta fuerza no reside en los buques de guerra del Yang-tze, sino en los vínculos económicos y políticos del capital extranjero con la burguesía autóctona» (“La Revolución China y las Tesis de Stalin”, 1927). Sin hacer el análisis de las relaciones de clase en China, como en otros países coloniales, era imposible comprender ni el contenido de la cuestión agraria, ni el fenómeno de la burguesía compradora, ni finalmente el papel de los “señores de la guerra” y otros generales nacionalistas, como Chiang Kai-shek y Wan Tin-uei, donde la Internacional estalinizada buscó aliados y encontró verdugos.

13) «Las revoluciones de Asia nos han mostrado la misma falta de carácter y la misma bajeza del liberalismo, la misma enorme importancia de la independencia de las masas democráticas, la misma demarcación precisa entre el proletariado y cada burguesía», escribió Lenin en “El destino histórico de la doctrina de Karl Marx”. Éstas fueron las lecciones que, desde 1913, Lenin extrajo de la primera ola de las revoluciones nacionales burguesas en Oriente: Rusia (1905), Persia (1906), Turquía (1908), China (1911).

Poco antes de que la segunda onda revolucionaria finalizara en la masacre del proletariado de Cantón, en 1927, Trotsky resumió la amarga lección de la táctica seguida por la Internacional estalinizada: «De las tesis de Stalin se desprende que el proletariado puede separarse de la burguesía sólo cuando esta última ya lo ha rechazado, desarmado, decapitado y pisoteado. Pero así fue exactamente como se desarrolló la revolución abortada de 1848. Vimos al proletariado, sin bandera propia, seguir a la democracia pequeño-burguesa, que a su vez arrastró tras sí a la burguesía liberal y sacrificó a los obreros a los sables de los Cavaignac. Por grande que sea la originalidad de la situación china, el carácter esencial de la evolución súbita de la revolución de 1848 se encuentra en la revolución china con una precisión tan impresionante que se podría decir que se perdieron las lecciones de 1848, 1871, 1905, 1917, del Partido Comunista de la URSS y de la Internacional Comunista».

Y, en realidad, en las grandes batallas de la revolución china entre 1924 y 1927, no fue el destino de una China “independiente, rica y poderosa” lo que estuvo en juego durante muchos años, sino el destino de todo el movimiento obrero de las colonias por un período histórico infinitamente más largo y más doloroso.

14) Al unirse al Kuomintang y enviar a sus “ministros” al gobierno nacionalista de Cantón, el PCCh no estaba llevando a cabo hábil una maniobra táctica para aumentar su influencia, como la Internacional de Moscú le hizo creer. Renunciaba a sus principios y subordinaba su acción a la estrategia nacional de la burguesía. Stalin empujó esta posición hasta sus últimas consecuencias y las Tesis que publicó en abril de 1927, más de un año después del primer golpe de fuerza de Chiang Kai-shek contra los comunistas, adoptaron una forma “clásica”. La adhesión a los “tres principios del pueblo” no implicaba en realidad el simple reconocimiento de principios abstractos, de la “fe común de los obreros y de los burgueses en el movimiento nacional”. Según la doctrina de Sun Yat-sen, los “tres principios” correspondían a “tres etapas” del desarrollo de la revolución burguesa:
     – La primera etapa, “militar”, consistía en traducir el principio del nacionalismo a la práctica mediante la unificación de China;
     – El segundo, “educativo”, era preparar al pueblo para la democracia política;
     – El tercero, finalmente, fue realizar esta democracia e introducir el “bienestar del pueblo”.

En sus Tesis, Stalin retoma las mismas “etapas”, bautizándolas: anti-imperialista, agraria, soviética. Solo que para él la masacre del proletariado chino marcó el final de la “primera etapa”, durante la cual los comunistas no debían plantear ni la cuestión agraria ni la de su retirada del Kuomintang. Todos los partidos estalinistas adoptaron esta política en los países coloniales. En China, donde se aplicó por primera vez, se reveló abiertamente como una traición de clase, porque abandonó a los proletarios que se habían levantado en los grandes centros industriales a la represión sangrienta de Chiang Kai-shek.

15) En la derrota de 1927, el estalinismo nunca quiso ver otra cosa que una “etapa” de la revolución burguesa en China y un retroceso “temporal” del movimiento obrero. Rechazamos esta interpretación. Las luchas de clases en ese período fueron tan poco “parciales” que se transformaron en una lucha por la conquista del poder entre la burguesía y el proletariado, y la derrota fue acompañada de la eliminación física duradera de toda la vanguardia comunista. A partir de ahora, como decía Trotsky, la “revolución democrática” en China ya no tendrá el carácter de una revolución, sino de una contrarrevolución burguesa. Finalmente, el revés de 1927 marcó para la Internacional de Moscú renegar por completo la tradición bolchevique en todos los países de Oruente. Las “Tesis de Abril” (1917), con las que Lenin anunció la inminente victoria de la revolución rusa, se contrastan palabra por palabra con las Tesis de abril de 1927, en las que Stalin justifica con la teoría de las “etapas” revolucionarias el golpe de Estado de Chiang Kai-shek.

Contra a la historiografía nacional y burguesa, el marxismo debe, pues, restablecer su concepción proletaria y mundial del curso histórico de los movimientos revolucionarios burgueses:

– 1789-1871, movimientos democrático-burgueses en Europa Occidental (así como en América del Norte y Japón);

– 1905-1950 aproximadamente, movimientos nacional-revolucionarios en Europa oriental y en toda el área afro-asiática; sólo una victoria proletaria: en Rusia;

– 1917-1927, estrategia mundial de revolución permanente, con derrotas sucesivas en Europa (1918-1923) y en Asia (1924-1927), como premisas para la contrarrevolución estalinista en Rusia y en el mundo.


4. El “socialismo campesino” y democracia de “nuevo tipo”

16) El marxismo no sólo ha denunciado la teoría de la “etapa democrática”: también rechazó, en la “etapa agraria”, la utilización por Stalin de la consigna de la “dictadura democrática de los obreros y los campesinos” para encubrir la alianza gubernamental con el Kuomintang de izquierda. En su forma más completa, esta teoría se ha convertido en la de la democracia“nueva”, el abandono completo de las concepciones marxistas sobre la naturaleza de clase de todo Estado. «En el mundo, los diversos sistemas estatales, basados en el carácter de clase del poder político, pueden clasificarse fundamentalmente en tres categorías: a) república bajo dictadura burguesa; b) república bajo la dictadura del proletariado; c) república bajo la dictadura conjunta de las diversas clases revolucionarias (...) Mientras se trate de revoluciones en las colonias y semicolonias, la estructura del Estado y del poder político será necesariamente la misma en líneas generales, es decir, un Estado de nueva democracia, bajo la dictadura conjunta de las diversas clases anti-imperialistas» (Mao Tse-tung, “Sobre la nueva democracia”, 1940).

No sólo la Internacional de Lenin nunca llamó a los proletarios de las colonias a fundar esos Estados “intermedios” entre la dictadura del proletariado y la de la burguesía, sino que además negamos que siquiera uno de ellos exista o haya resistido después de 40 años de “Frentes anti-imperialistas”. La experiencia del dualismo del poder en la Revolución rusa ha demostrado que la “dictadura democrática de los obreros y de los campesinos” no puede sino transformarse, a corto plazo, en la dictadura del proletariado o en la dictadura de la burguesía. Trotsky extendió esta enseñanza a la revolución china, y vemos su confirmación hoy en el punto de llegada burgues de todos los movimientos anticoloniales.

«Si los populistas rusos y los mencheviques dieron abiertamente a su efímera “dictadura” la forma de una dualidad de poderes, por el contrario, la “democracia revolucionaria” china no se había desarrollado lo suficiente para llegar a esto. Y como la historia no funciona por encargo, solo queda darnos cuenta de que no hay ni habrá otra “dictadura democrática” que aquella ejercida por el Kuomintang desde 1925» (Trotsky, “La Internacional Comunista después de Lenin”, 1928).

17) Después de haber ignorado durante mucho tiempo al movimiento agrario y el armamento de los campesinos, los estalinistas se enamoraron de él hasta el punto de ver en él «la característica original de la revolución china y el fundamento de la democracia de nuevo tipo». «La cuestión nacional es fundamentalmente una cuestión campesina», escribió Stalin en “El marxismo y la cuestión nacional” (1913). De aquí derivaría más tarde Mao su concepción de la revolución china como esencialmente una “revolución campesina” que desde el campo rodearía a las ciudades.

Para nosotros, ésta no es la originalidad de las revoluciones burguesas en la época imperialista. En el pasado, todas han puesto en movimiento al campesinado en diversas formas, incluida la organización armada; todo lo cual ha provocado, en distintos grados, transformaciones profundas en la agricultura. Pero el marxismo siempre ha subrayado la incapacidad de la clase campesina de tener su propia política. Ha demostrado que las insurrecciones agrarias, partes integrantes de las revoluciones burguesas, sólo han tenido éxito si se han desarrollado bajo la dirección de las ciudades y cediéndoles el poder. El “Manifiesto” de la Internacional Comunista de 1919 ya había insistido en el carácter dual del campesinado y las razones por las que no puede actuar como clase independiente: el campesino no es nada más que el representante social de las relaciones burguesas; siempre deja la tarea de su representación política a otros. A todos los campeones del “socialismo campesino” que, en Rusia como en China, nos reprochaban “subestimar” al campesinado, contraponíamos estas enseñanzas del marxismo respondiendo que la originalidad de las revoluciones de Oriente no residía en la intervención armada de las masas rurales, pero en la perspectiva de una dirección proletaria hacia objetivos que no eran inevitablemente burgueses.

18) La derrota del proletariado chino explica por qué la revolución tuvo que empezar de nuevo desde lo más profundo del campo, pero no justifica el hecho de que los comunistas cambiaran sus concepciones clasistas por las teorías del “socialismo campesino”. En 1848-49, el fracaso de la revolución alemana había dejado al proletariado en una desorganización política similar: lo había colocado frente al mismo peligro de ser sumergido por la democracia pequeño-burguesa. Fue contra este peligro que Marx y Engels escribieron su famoso “Mensaje a la Liga de los Comunistas” (1850). Contra los radicales pequeño-burgueses que «tienden a involucrar a los obreros en una organización partidaria en la que dominan frases genéricas socialdemócratas, detrás de las cuales se esconden los intereses específicos de los pequeño-burgueses», el “Mensaje” recordaba la necesidad de un partido de clase independiente. Contra todo tipo de poder de la democracia pequeño-burguesa, lanzó en estos términos la consigna de la revolución proletaria: «Junto a los nuevos gobiernos oficiales, los obreros deben establecer al mismo tiempo sus propios gobiernos revolucionarios, ya sea en forma de juntas y de consejos municipales o por medio de clubes y comités obreros, de modo que los gobiernos democráticos burgueses no sólo pierdan inmediatamente el apoyo de los obreros, sino que desde el principio se vean vigilados y amenazados por organizaciones tras las cuales se apoya toda la gran masa de los obreros».

Ésta es la respuesta clásica del marxismo a las fórmulas reaccionarias de los “partidos obrero-campesinos”, de los “gobiernos obrero-campesinos” y de la “democracia nueva”. El “Mensaje” de 1850 está enteramente dirigido contra ellos. Si Marx y Engels no os hablan de “dictadura democrática” es porque tal consigna no podía ser la del proletariado frente a la agitación de los demócratas pequeño-burgueses. Stalin y Mao ni siquiera pueden confiar en la ausencia en Alemania de la peculiaridad “original” que pretenden haber descubierto en China o incluso en Rusia: la revolución agraria. Por el contrario, en la Alemania de la época, Marx y Engels vieron más de una vez una “reedición” de la guerra campesina del siglo XVI bajo la dirección política del proletariado.

19) Al igual que la revolución burguesa alemana, la revolución rusa no revela el secreto de un poder “popular” estable, que represente un bloque de clases. Mucho antes de 1917, Lenin había explicado la fórmula de la “dictadura revolucionaria y democrática de los obreros y los campesinos” como un poder del proletariado “que se apoya los campesinos” o que “arrastra al campesinado consigo”, una fórmula que no era ni frentista ni “democrática”. Así es como, en abril de 1917, en perfecta continuidad con Marx y Engels, lo interpreta: «La “dictadura revolucionaria y democrática del proletariado y del campesinado” es ya un hecho en la revolución rusa, puesto que esta “fórmula” sólo prevé una relación entre clases, y no una institución política concreta que realice esta relación y esta colaboración. El “Soviet de Diputados Obreros y Soldados” es la “dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos” ya realizada por la vida (...) Existen, uno al lado del otro, juntos, simultáneamente, y el dominio de la burguesía (gobierno de Lvov-Guchkov) y la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado, que cede voluntariamente el poder a la burguesía y se transforma voluntariamente en su apéndice (...) Si [una forma particular de “dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos” separada del gobierno burgués puede existir en Rusia,] sólo hay una vía, y una sola, para lograrla: los elementos proletarios, comunistas, deben separarse inmediata, resuelta e irrevocablemente de los elementos pequeño-burgueses» (“Carta sobre la táctica”, 1917).

Entre febrero y octubre, los populistas y los mencheviques fueron de los rabiosos partidarios de la “dictadura democrática” y acusaron a Lenin de “subestimar” a los campesinos o de querer “saltar” más allá de la etapa de las reformas sociales burguesas. Los bolcheviques, por su parte, recordaron que no se trataba de “introducir el socialismo” en Rusia, sino de tomar el poder político; después de lo cual mostraron cómo la dictadura del proletariado lleva a cabo las reformas económicas de la democracia pequeño-burguesa.

20) Después de la capitulación frente a la burguesía liberal china, la “lucha contra el trotskismo” tenía como objetivo asegurar el triunfo dentro del proletariado derrotado de las posiciones ya defendidas por el bloque de populistas y mencheviques durante la Revolución rusa. Y fue Mao, ya miembro del Comité Central del Kuomintang y nuevo agitador del campesinado, quien llevó a cabo esta tarea. Para nosotros, él no “salvó” ni “reconstruyó” el partido del proletariado llevándolo “a las montañas” y empujándolo a la guerra de guerrillas campesina; simplemente lo ahogó en el enorme magma pequeño-burgués contra cuya corriente Lenin en abril de 1917 y Marx en marzo de 1850 habían sabido preservar los comunistas. Tampoco liberó la cuestión del poder en la revolución china de las ilusiones pequeño-burguesas que habían permitido la represión de Chiang Kai-shek en 1927.

La teoría de la “nueva democracia” no es otra cosa que el desarrollo de estas ilusiones en un período y en un país en que la debilidad de la burguesía “nacional” no dejaba otras perspectivas para la constitución de un poder burgués que mediante la de la acción de las masas “populares” y campesinos, tan ineptos y lentos para organizarse. A los demócratas pequeño-burgueses les gusta atribuir a la “reacción” su dificultad para unirse “efectivamente”, su falta de carácter y sus fluctuaciones congénitas. El marxismo, por el contrario, reconoce en ellos el reflejo de su inestable situación económica. Apelar a la iniciativa política de estas masas para fundar un Estado nacional, luchar contra el imperialismo y realizar el programa socialista, no sólo es negar a Marx y Lenin, sino comprometer todo movimiento revolucionario. Las interminables vicisitudes de la revolución china y, aún hoy [1964], la sangrienta anarquía en la que se debate la mayor parte del África negra son suficientes para demostrárnoslo.

Por eso, en 1917, Lenin abandonó la “vieja fórmula” de la “dictadura revolucionaria y democrática” que los populistas y mencheviques querían “realizar” mediante… la Asamblea Constituyente. Del mismo modo, los socialistas enterraron el nombre “partido socialdemócrata” en los archivos de la Segunda Internacional. Porque, y esto se aplica también a la “democracia de nuevo tipo”, la « democracia, de hecho, expresa ahora la dictadura de la burguesía, ahora el reformismo impotente de la pequeña-burguesía que se subordina a esta dictadura» (Lenin, “La revolución proletaria y el renegado Kautsky”, 1918).

5. El impotente reformismo pequeño‑burgués

21) En su “Mensaje” de 1850, Marx y Engels advirtieron a los proletarios alemanes que la democracia pequeño-burguesa jugaría el mismo papel de traición que la burguesía liberal había jugadodo en la transformación revolucionaria de las viejas estructuras sociales y políticas. Estas predicciones se hicieron realidad en Rusia con los socialistas revolucionarios. El ejemplo chino nos da una confirmación absoluta de esto a escala de todo el período histórico y de un país entero.

«Los pequeños burgueses democráticos, lejos de querer derrocar toda la sociedad en beneficio de los proletarios revolucionarios, se esfuerzan por transformar las condiciones sociales, de modo que la sociedad actual les resulte lo más tolerable y cómoda posible. Por eso exigen (...) la eliminación de la presión del gran capital sobre el pequeño capital mediante instituciones de crédito público y leyes contra la usura, para que ellos y los campesinos puedan recibir anticipos en buenas condiciones del Estado en lugar de de los capitalistas; por eso quieren la aplicación de las relaciones de propiedad burguesas en el campo, mediante la eliminación completa del feudalismo (...) En lo que respecta a los obreros, queda establecido en primer lugar que deben seguir siendo asalariados como hasta ahora; La pequeña burguesía democrática sólo quiere que los obreros tengan mejores salarios y una existencia segura, y espera conseguir este resultado mediante el empleo parcial de los obreros por parte del Estado y mediante medidas caritativas (...) Estas reivindicaciones no pueden satisfacerse de ningún modo bastar al partido del proletariado.

«Mientras que los pequeños burgueses democráticos quieren llevar la revolución a su término lo más rápidamente posible, realizando como máximo las reivindicaciones mencionadas anteriormente, nuestro interés y nuestra tarea es hacer que la revolución sea permanente hasta que todas las clases más o menos poseedoras sean expulsadas de poder, hasta que el proletariado haya conquistado el poder del Estado, hasta que la asociación de los proletarios, no sólo en un país sino en todos los países dominantes del mundo, se haya desarrollado hasta el punto en que cese la competencia entre los proletarios de estos países, y hasta que al menos las fuerzas productivas decisivas se concentren en manos de los proletarios. Para nosotros no se trata de una transformación de la propiedad privada, sino de su destrucción; no de la mejora de los antagonismos de clase, sino de la abolición de las clases; no del mejoramiento de la sociedad actual, sino de la fundación de una nueva sociedad” (Marx-Engels, “Mensaje al Comité Central de la Liga de los Comunistas”, 1850).

22) En la cuestión agraria, el partido de Mao no hizo nada para combatir las tendencias pequeño-burguesas ansiosas de subrayar la ruptura con las viejas relaciones sociales mediante una consagración jurídica de los derechos sagrados de la propiedad campesina. Y todas las reformas anunciadas a viva voz después de la creación de la República Popular China no contemplaron una mayor concentración de la agricultura sobre la base del desarrollo de la pequeña producción, los “intereses” del pequeño campesino y la “ayuda” estatal. Y cuando quisieron superar estos límites, que son los de las relaciones de producción burguesas, la catástrofe social que resultó no fue menos grave que la que siguió a la falsa colectivización estalinista en Rusia.

Resumiendo, la famosa “revolución agraria” se reduce a una difícil acumulación de capital en el campo chino según las dos fases clásicas de desarrollo de la agricultura capitalista: primero la instauración de la propiedad campesina, luego un lento proceso de expropiación y concentración bajo la presión de las fuerzas productivas burguesas y de una gigantesca economía de mercado. «Cuando se implemente la reforma del sistema agrario, incluso si es una reforma básica como la reducción de los alquileres y los intereses de los préstamos, aumentará el interés de los agricultores en la producción. Después de eso, se ayudará a los campesinos a organizarse, gradualmente y sobre la base del libre consentimiento, en cooperativas de producción agrícola y otras cooperativas, y entonces habrá un desarrollo de las fuerzas productivas» (Mao Tse-tung, “Sobre el Gobierno de coalición”, 1945).

Tuvo que pasar un cuarto de siglo (1927-1952) para que se completara la primera fase: confiscación y repartición. Pero antes de que China tenga una agricultura “moderna”, concentrada, es decir, plenamente capitalista, podemos esperar que el proletariado comunista mundial haya tenido razón sobre el “socialismo nacional”, campesino y pequeño-burgués.

23) Del desarrollo histórico de la agricultura china extraemos una confirmación de un hecho: su carácter burgués. Pero podemos extraer una crítica de principios de la política agraria del PCCh: sólo ha respetado los procesos moleculares de este desarrollo sin tratar de anticipar sus consecuencias sociales, especialmente en lo que respecta a la subversión de las relaciones de propiedad burguesas. Citemos nuevamente el “Mensaje” de Marx y Engels de 1850: «El primer punto en el que los demócratas burgueses entrarán en conflicto con los obreros será la abolición del feudalismo. Como en la primera Revolución Francesa, la pequeña burguesía querrá dar las tierras feudales a los campesinos en libre propiedad, es decir, querrá dejar existir al proletariado agrícola y crear una clase de campesinos pequeño-burgueses que tendrán que atraviesar el mismo ciclo de empobrecimiento y endeudamiento en el que aún se encuentra preso el campesino francés hoy en día. Los trabajadores, en interés del proletariado agrícola y en el suyo propio, deben oponerse a este plan. Deben exigir que la propiedad feudal confiscada siga siendo propiedad del Estado y se transforme en colonias obreras, cultivadas por el proletariado agrícola asociado, con todas las ventajas de la gran agricultura y para que el principio de la propiedad común reciba inmediatamente una base sólida en medio de las relaciones vacilantes de la propiedad burguesa».

Para los comunistas, no era una cuestión de si China o la Rusia pequeño-burguesa estaban “maduras” para esta transformación: el derrocamiento de la dominación burguesa sólo era alcanzable a escala internacional. Ni siquiera se trataba, en un país determinado, de inventar recetas “colectivistas” para acelerar el desarrollo económico. «Nosotros escribimos un decreto, no un programa», dijo Lenin, al comentar el “Decreto sobre la Tierra”, al que algunos acusaron de ser el programa de los socialistas revolucionarios (Lenin, “El Segundo Congreso Panruso de los Soviets. Informe sobre La cuestión de la tierra”, 1917). Sin embargo, en un punto crucial este decreto se diferenciaba de su programa: no consagraba las aspiraciones de los campesinos en formas jurídicas definitivas (repartición, nacionalización). Aquí radica toda la diferencia programática entre el “socialismo” nacional y el comunismo internacionalista.

24) La política pequeño-burguesa del partido de Mao aparece aún más claramente en la “cuestión laboral”. Lejos de inscribir en sus banderas la abolición del salario, el PCC proclama la asociación del capital y el trabajo, y no omite ninguna “medida de beneficiencia” en la tradición de los «socialistas» a la Louis Blanc: «La tarea de la clase obrera china no se trata sólo de luchar por un Estado de nueva democracia, sino también de luchar por la industrialización del país y la modernización de la agricultura. Con el régimen de nueva democracia, se adoptará una política de realineamiento de los intereses del trabajo y el capital. Por una parte, se defenderán los intereses de los trabajadores: se establecerá una jornada laboral de ocho a diez horas según las circunstancias, se preverán prestaciones de desempleo y seguros sociales adecuados y se defenderán los derechos sindicales. Por otra parte, se garantizarán ganancias legítimas a las empresas estatales, privadas y cooperativas gestionadas racionalmente. De esta manera, tanto el sector público como el privado, tanto el trabajo como el capital, contribuirán juntos al desarrollo de la producción industrial» (Mao Tse-tung, “Sobre el gobierno de coalición”, 1945).

Un programa así, una práctica así, ya no se distingue en nada del viejo reformismo de los países capitalistas avanzados, ni de los discursos electorales de cualquier diputado “progresista” o ministro “reaccionario” de Occidente. Al llamarlos “socialismo” y reivindicar su exclusividad frente a Moscú, Mao se ha situado al nivel “ideológico” de las fuerzas conservadoras burguesas del mundo y ha perdido su aura de agitación campesina. En China, la democracia pequeño-burguesa dejó de ser revolucionaria desde 1927; fue reformista incluso antes de ocupar el poder estatal; hoy es reaccionaria al presentar sus ilusiones y sobre toda su práctica económico-social bajo la etiqueta de “construcción socialista”. Aquí está todo el significado político que atribuimos a su conflicto con Moscú.

25) De esta manera se cumple el destino histórico del “populismo” chino. Desde la primera revolución burguesa en 1911, Lenin enfatizó el doble aspecto de la ideología de Sun Yat-sen. Utópica era la idea de realizar el “socialismo” mediante la nacionalización de la tierra, la “limitación” del gran capital y la aplicación “honesta” de un plan de desarrollo industrial concertado por las grandes potencias. Pero este programa tenía un contenido revolucionario burgués que los bolcheviques supieron reconocer tanto en China como en Rusia. Al adoptarla y realizarla, el partido de Mao le dio el único “desarrollo original” que le estaba reservado: la utopía del “socialismo” campesino se convirtió en la ideología reaccionaria de la “construcción socialista” en China, y su contenido revolucionario se diluyó en el océano de las reformas pequeño-burguesas. Así es como la ideología política de una clase degeneró mucho después de que la historia hubiera firmado su sentencia de muerte.

Por el contrario, ya en 1894, Lenin pudo anunciar, con los primeros pasos del proletariado ruso, el fracaso ideológico de los “Amigos del Pueblo”, muchas décadas antes de que su poder “popular” viera la luz: «De hecho, el campo se está dividiendo. O mejor dicho, ya se ha dividido por completo. Y con ello se escindió el viejo socialismo campesino en Rusia: por una parte, dio paso al socialismo obrero; por otra parte, ha degenerado en un vulgar radicalismo pequeño-burgués. Esta transformación sólo puede llamarse degeneración. La doctrina de un régimen propio de la vida campesina, de las vías originales de nuestro desarrollo, ha dado lugar a un eclecticismo nebuloso que ya no puede negar que la economía mercantil se ha convertido en la base del desarrollo económico, se ha transformado en economía capitalista; pero simplemente no quiere ver el carácter burgués de todas las relaciones de producción, ni la necesidad de la lucha de clases bajo este régimen. De un programa político que se proponía levantar a los campesinos para la revolución socialista contra las bases de la sociedad actual, nació un programa que se propone remendar, “mejorar” la situación de los campesinos conservando las bases de la sociedad actual» (Lenin, “¿Quienes son los 'Amigos del Pueblo'?”, 1894).


6. Antagonismos del Oriente burgués

26) A diferencia de la India y otros países coloniales, China entró en la historia moderna como la “colonia de todos”. Pronto, la exportación de capitales se impuso a la de productos industriales de la antigua metrópoli inglesa. Para proteger sus inversiones, las grandes potencias “acordaron” dividir el país en esferas de influencia. En Pekín, todo el cuerpo diplomático tenía a su disposición las finanzas del Estado. Esta situación reflejaba, como mostró Lenin, la transición del capitalismo a su etapa más alta: el imperialismo. El programa de Wilson para la “internacionalización de las colonias”, su versión “ultraimperialista” en Kautsky y el proyecto de Sun Yat-sen de crear un consorcio de las grandes potencias para el desarrollo de una China “independiente”, no tenían otra base objetiva. «Supongamos – escribió Lenin en “El imperialismo” – que todas las potencias imperialistas forman una alianza para repartirse “pacíficamente” esos países asiáticos. Sería una alianza del capital financiero unido a escala mundial. Hay ejemplos prácticos de esta alianza en la historia del siglo XX: por ejemplo, las relaciones de las grandes potencias con China. Surge una pregunta: ¿es “concebible” que, una vez que el capitalismo haya vencido (y esta es la condición supuesta por Kautsky), dichas alianzas no sean efímeras y excluyan la fricción, los conflictos y la lucha en todas las formas posibles?».

El ejemplo de China demostró que esto era impensable. El país que a principios de siglo ofrecía las mayores promesas de desarrollo capitalista y las más fiables garantías de ganancias, se ha convertido en campo cerrado de guerras civiles y rivalidades imperialistas. Mejor aún, ante el desencadenamiento de estos antagonismos, el imperialismo mundial tuvo que renunciar a todos sus “planes” económicos en China, trasladando la competencia desenfrenada entre capitales a las antiguas colonias y semicolonias: India, África, América del Sur. “planes de desarrollo” y el desarrollo pacífico y flácido de los Wilson y Kautsky ruso-estadounidenses. Pero las próximas explosiones revolucionarias también se están preparando en una escala aún mayor.

27) El partido de Mao hizo todo lo posible para garantizar que su victoria no tomara la forma de una ruptura violenta de la cadena imperialista en Asia. Al adherirse aún más completamente que Sun Yat-sen a la guerra mundial, el PCCh adoptó las ilusiones de la burguesía liberal china sobre una “sociedad de naciones” y una “cooperación internacional” de las cuales China fuese beneficiaria. «El Partido Comunista de China respalda la Carta del Atlántico y las resoluciones de las conferencias internacionales de Moscú, El Cairo, Teherán y Crimea (...) El principio fundamental del Partido Comunista de China en política exterior es el siguiente: sobre la base de la lucha por derrotar definitivamente al agresor japonés, de la defensa de la paz mundial, del respeto recíproco de la independencia y la igualdad de los derechos, así como en la promoción de los mutuos intereses y la amistad entre los Estados y los pueblos, China establecerá relaciones diplomáticas con todos los países y las fortalecerá para resolver todos los problemas de interés común, como la coordinación de operaciones militares, las conferencias de paz, de los intercambios comerciales e de las inversiones» (Mao Tse-tung, “Sobre el Gobierno de Coalición”, 1945).

¡Ya en 1924 Sun Yat-sen había constatado el fracaso de este programa! Mao no sólo permaneció fiel a éste, sino que la predicó disfrazado “socialismo”: «Los países socialistas, grandes o pequeños, económicamente desarrollados o no, deben establecer sus relaciones sobre la base de los principios de la completa igualdad, del respeto a la integridad territorial, de la soberanía y de la independencia, de la no ingerencia en los asuntos internos, así como del apoyo y la asistencia recíproca» (Mao Tse-tung, “Propuestas acerca de la línea general del movimiento comunista internacional”, 17 de junio de 1963).

Contra la utopía pequeño-burguesa de un “socialismo de las patrias”, que realice un desarrollo “armónico” a través del comercio “igualitario”, reivindicamos la destrucción de las patrias burguesas y el establecimiento de relaciones no mercantiles, ¡que precisamente no serán “iguales”, entre los países donde mañana se instaurará la dictadura del proletariado!

28) Lejos de reflejar “diferencias ideológicas”, el conflicto chino-ruso se sitúa en el mismo terreno de los intereses nacionales burgueses. Es indiscutible que los compromisos de la URSS con la burguesía indígena o con el imperialismo extranjero retrasaron el establecimiento de Estados nacionales burgueses en todo el Oriente hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Exactamente como la Revolución Rusa había despertado los movimientos anticoloniales de Asia, la contrarrevolución estalinista frenó su desarrollo. Pero el partido de Mao, que ahora se levanta contra Moscú, nunca denunció esta traición: ni en 1937, cuando el PCCh siguió obedientemente el giro de los “frentes populares” restableciendo su alianza con Chiang Kai-shek, ni en 1945, cuando Stalin firmó con el propio Chiang un tratado de paz y amistad que duraría... 30 años.

En el origen del conflicto chino-soviético no se encuentra, pues, ni la conciencia de los intereses del movimiento anticolonial, ni menos aún la crítica del “socialismo” ruso, sino las contradicciones entre el desarrollo del capitalismo chino y los intereses del imperialismo ruso: «Es aún más absurdo trasladar a las relaciones entre los países socialistas la práctica consistente en obtener beneficios a expensas de los demás – práctica que caracteriza las relaciones entre los países capitalistas – y llegar a creer que la “integración económica” y el “mercado común” introducidos por los grupos imperialistas para apoderarse de los mercados y repartirse las ganancias, pueden servir de ejemplo a los países socialistas en su asistencia mutua y en su colaboración económica» (Mao Tse-tung, “Propuestas acerca de la línea general del Movimiento Comunista Internacional, 17 de junio de 1963).

29) El “Programa” que Stalin había adoptado en el VI Congreso de la Internacional excluía para China y los demás países atrasados aquello que Rusia se había atribuido recientemente: el privilegio de “construir el socialismo” dentro de sus fronteras nacionales. En un momento en que los intereses del capitalismo ruso se han integrado a los del mercado mundial, China está retomando este viejo lema estalinista. Y repetiremos para ello lo que dijo Trotsky sobre el “socialismo ruso”: «La división mundial del trabajo, la dependencia de la industria soviética de la tecnología extranjera, la dependencia de las fuerzas productivas de los países avanzados de las materias primas asiáticas, etc., hacen imposible construir una sociedad socialista autónoma y aislada en ningún país del mundo» (“¿Qué es la revolución permanente? Tesis”, 1930).

La “construcción del socialismo” en China sólo puede significar la acumulación de capital y la extensión de una economía de mercado. Pero esta teoría no logra enmascarar antagonismos mucho más agudos. El conflicto chino-soviético, toda la historia de los movimientos nacionales burgueses de Asia y de África, todas las conferencias sobre el comercio mundial han subrayado con inquietud el retardo creciente de la mayoría de los países atrasados, “independientes” o no, “socialistas” o no, respecto al puñado de grandes potencias imperialistas que detentan todo el poder político, económico y militar del mundo actual.

30) Para evitar la suerte que le espera, la burguesía de los países atrasados se esfuerza por todos los medios de hacer pasar su emancipación política y nacional como garantía de la emancipación social y humana de las masas explotadas. Doblemente víctimas de su burguesía y de las contradicciones acumuladas por el imperialismo mundial, los proletarios de las ex-colonias encontrarán cada vez más razones para romper con la ideología democrática y reformista. Recordarán entonces que el marxismo y la Internacional de Lenin nunca habían esperado de la democracia política y de la independencia nacional la liberación de los pueblos coloniales de toda explotación: «El capital financiero en sus tendencias a la expansión compra y envuelve “libremente” a los gobiernos democráticos y republicanos más libres, y los funcionarios de cualquier país, incluso “independiente”. La dominación del capital financiero, como la del capital en general, no puede ser abolida por ninguna reforma en el campo de la democracia política; y la autodeterminación está vinculada total y exclusivamente a este campo. Pero esta dominación del capital financiero no resta en lo más mínimo importancia a la democracia política como la forma más libre, más amplia y más clara de la opresión de clase y de la lucha de clases» (Lenin, “Tesis sobre la revolución socialista y el derecho de los pueblos a disponer de si mismos”).

Es contra esta forma más libre, amplia y clara de opresión de clase que el proletariado de la China “popular”, así como de la India ruso-americana, tendrá que reanudar su batalla.