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La marcha sangrienta del capital en África (“Il Programma Comunista”, n. 3, 1952) |
En la segunda parte de “La acumulación del capital”, Rosa Luxemburgo esbozó, pocos años antes de la Primera Guerra Mundial de 1914-18, el cuadro trágico de la expansión del capitalismo en los continentes con economías primitivas, en lo que hoy se llaman “áreas deprimidas”: una historia de trastornos violentos de economías y sociedades naturales, de explotación feroz de la mano de obra, de embrutecimiento de masas a las que se pretendía otorgar los beneficios de la “civilización moderna”, de creación de gigantescas “reservas industriales” de desplazados; en resumen, un cuadro similar, en entornos y por motivos diferentes, al de la acumulación primitiva en Inglaterra, revivido en páginas ardientes por Marx en el primer libro de “El Capital”.
Historia de ayer y de hoy, que los últimos acontecimientos en Kenia y Sudáfrica confirman. En Kenia, el desplazamiento del eje imperial británico de la India al continente negro ha provocado, por un lado, el desarrollo intensivo de cultivos de tipo industrial en grandes granjas blancas, y por otro, un proceso de creciente industrialización en los centros urbanos. Ambos procesos han ejercido influencias paralelas sobre la población indígena.
El primero, reduciendo el ya estrecho margen de tierras fértiles disponibles para las comunidades negras, revolucionando los métodos de cultivo, invadiendo y despojando zonas vírgenes, ha roto el equilibrio tradicional de entornos agrarios cerrados y tendencialmente autárquicos y ha desarraigado de la tierra a un gran número de cultivadores directos o de indígenas que vivían en régimen de economía natural (recolectores, cazadores, etc.).
El segundo ha absorbido en las “ciudades” a masas rurales que, de una manera u otra, vivían de la tierra y encontraban en la tribu apoyo y defensa, convirtiéndolas en masas de “libres” vendedores de fuerza de trabajo, de proletarios desarmados e indefensos.
En ambos casos, la “civilización” capitalista de los blancos ha significado para los indígenas una explotación intensiva, la destrucción de vínculos que garantizaban al individuo una relativa seguridad, la incertidumbre de la vida, y un menor consumo en relación con el mayor desgaste de las energías físicas.
La reacción a esta violenta erosión de formas de economía natural y de sociedades correspondientes se ve en los movimientos ocurridos en Kenia, a los cuales los “civilizadores” blancos −el capitalismo− reaccionan con una forma adicional de violencia: la represión armada, los arrestos masivos, las deportaciones. Pero no es la “prohibición de las danzas mágicas” el origen del descontento indígena, y no será el bastón lo que lo cure: el fenómeno es el mismo que acompañó los inicios de la colonización de Argelia y Sudáfrica, de China y Egipto: es la revolución, tanto más brutal cuanto más rápida, provocada en las estructuras económicas y sociales primitivas por la expansión capitalista, por la superposición de una científica y cínica barbarie a la ingenua barbarie de economías estáticas y de sociedades ancestrales.
En Sudáfrica, se está varios escalones más arriba. Aquí el movimiento de trastorno de las economías primitivas es más antiguo: la reacción indígena toma la forma de grandes huelgas en las fábricas, de grandes agitaciones en las ciudades y en las granjas. Pero a los reflejos normales de un régimen industrial avanzado se une también aquí, exaltando su ferocidad, el avance del proceso de erosión de las economías naturales, que transforma a cada vez más indígenas en proletarios, a cada vez más “primitivos” en explotados modernísimos del capital, y, como si no fuera suficiente, tiende a aislarlos según las líneas de color de un bestial racismo (¡a pesar del racismo alemán, Sudáfrica forma parte del democrático Commonwealth británico!). Y la situación está destinada a empeorar aún más para los indígenas, ya que Sudáfrica se está convirtiendo en el epicentro de una nueva fiebre de inversiones industriales −la fiebre del uranio, que, descubierto en los filones de oro del Rand, atrae y atraerá cada vez más capital estadounidense y británico a Sudáfrica, provocará la creación de nuevos y gigantescos complejos industriales, revivirá a sociedades mineras decadentes, romperá el círculo de islas económicas y sociales primitivas sobrevivientes, todo en nombre de la nueva “era atómica”.
Un reciente acuerdo entre los gobiernos sudafricano, estadounidense y británico prevé, de hecho, la concesión de grandes préstamos estadounidenses y británicos a las compañías mineras locales para la construcción de nuevas instalaciones de explotación de los yacimientos de uranio. Será el punto de partida de un nuevo proceso de erosión de las áreas sobrevivientes de economía primitiva y de una mayor explotación de las masas indígenas ya proletarizadas, ahora llamadas a sudar en las minas y fábricas para asegurar ganancias al capital “nacional” y al extranjero.
¿Podrá alguien se sorprenderá, después de todo esto, del fermento y los sacudones del Continente Negro?